Maria Colón Gullón Yturriaga e 2 Compagne

Maria Colón Gullón Yturriaga e 2 Compagne

(†1936)

Beatificazione:

- 29 maggio 2021

- Papa  Francesco

María Pilar Gullón Yturriaga (1911-1936), Octavia Iglesias Blanco (1894-1936) e Olga Pérez-Monteserín Núñez (1913-1936), tre fedeli laiche, infermiere della Croce Rossa, volontarie per assistere i feriti di guerra e martiri: uccise in odium Fidei il 28 ottobre 1936 a Pola de Somiedo (Spagna)

  • Biografia
  • Omelia di Beatificazione
  • Decreto sul Martirio
Prima di morire gridarono “Viva Cristo Re”.

 

    1.- María Pilar Gullón Yturriaga. Nata a Madrid (Spagna) il 29 maggio 1911. La famiglia viveva a Madrid, dove il padre svolgeva la professione di avvocato e fu deputato del partito liberale nel Parlamento nazionale per la circoscrizione di Astorga, suo luogo di origine e dove, insieme ai familiari, trascorreva lunghi soggiorni. La Serva di Dio s’impegnò nei lavori domestici, nell’assistenza dei genitori anziani e nella collaborazione assidua in parrocchia e in diversi servizi a carattere sociale. La famiglia lasciò Madrid il 16 luglio 1936 e si trasferì in Astorga. La Serva di Dio venne uccisa all’età di 25 anni.

    2.- Octavia Iglesias Blanco. Nata ad Astorga (Spagna) il 30 novembre 1894, in una famiglia agiata e profondamente cristiana. La Serva di Dio si dedicò ai lavori domestici e, in particolare, all’assistenza dei genitori. Con il consenso della madre, partì per assistere i feriti sul fronte di guerra al confine con la regione asturiana. Venne uccisa all’età di 41 anni.

    3.- Olga Pérez-Monteserín Núñez. Nata a Parigi (Francia) il 16 marzo 1913, si trasferì con la famiglia ad Astorga nel 1920. La Serva di Dio era impegnata nei lavori domestici e, per influsso del padre, si dedicava alle arti plastiche e alla pittura. Venne uccisa all’età di 23 anni.

 

Homilía Beatificación Mártires de Astorga

(Astorga , 29-5-2021)

 

 

    «Recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman» (Sant 1, 12).

    «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo» (Mt 10, 29).

 

    Queridos hermanos y hermanas:

    nos hemos reunido aquí para alabar al Señor, que revela en los débiles su potencia y da a los frágiles la fuerza del martirio (cf. Prefacio de los Santos Mártires). Débiles, lo somos todos nosotros. Pero, acabamos de escuchar la palabra del Señor: No temáis, ¡no tengáis miedo! Por tres veces Jesús lo dice a sus discípulos y lo repite también a nosotros, porque sabe que tenemos auténtica necesidad de oirselo repetir. Débiles, lo eran también estas tres hermanas nuestras. Sin embargo, desde hoy la Iglesia las honra oficialmente como mártires de Cristo: han recibido de hecho la corona de la vida, prometida por el Señor a cuantos lo aman (cf. Sant 1, 12).

         No temáis. El miedo es una emoción siempre posible en nosotros. Se manifiesta, a veces, en nuestras decisiones; otras veces está relacionada con nuestras indecisiones. La nuestra es, con todo, una sociedad marcada por el miedo. Un conocido sociólogo (Z. Bauman) la ha llamado “liquida”, porque nos invade cuando más buscamos protegernos y tanto más prospera cuanto más hacemos de la “seguridad” un criterio de vida. El verdadero problema para nostros es cuando el miedo determina nuestras decisiones, o tal vez nos hace renunciar a nuestras convicciones; cuando nos bloquea en nuestras relaciones con los demáas y también con Dios.

         Citando la palabra del Señor: «No temáis a aquellos que matan el cuerpo, pero no tienen poder para matar el alma», San Agustín afirmaba que los apóstoles, para no paralizarse por el temor, ardían en el fuego de la caridad (De Civ. Dei XVIII, 50: PL 41, 612). Aquí está, pues, el camino para vencer el miedo: ¡la caridad! Es la vía que han recorrido los mártires y es la vía que siempre está abierta para nosotros. No solo en las situaciones dramáticas, sino también en aquellas más ordinarias; no solo para aquellos temores que pueden surgir en nosotros por las amenazas de los hombres, sino también para aquellos que están unidos a nuestra condición humana o a las desgracias que suceden en la vida.

         No hay duda, por ejemplo, que una situación de miedo está también determinada en este tiempo por la pandemia que estamos sufriendo, y de la que esperamos salir pronto. A este respecto, desde el principio el Papa nos ha indicado el camino que hay que recorrer, y éste es también el de la caridad. «Nuestro Dios está cerca –ha dicho- y nos pide que estemos cerca unos de otros, que no nos alejemos unos de otros. Y en este momento de crisis por la pandemia que estamos viviendo, nos pide que manifestemos más esta cercanía, que la mostremos más. No podemos, quizás, acercarnos físicamente por miedo al contagio, pero sí podemos despertar en nosotros una actitud de cercanía entre nosotros: con la oración, con la ayuda, muchas formas de cercanía. ¿Y por qué deberíamos estar cerca el uno del otro? Porque nuestro Dios está cerca, quiso acompañarnos en la vida. Es el Dios de la cercanía. Por eso no somos personas aisladas: estamos cerca, porque la herencia que hemos recibido del Señor es la cercanía, es decir, el gesto de cercanía» (Homilía en Santa Marta del 18 de marzo de 2020).

    Para no paralizarse por el temor, ardían en el fuego de la caridad también nuestras tres beatas. Las tres jóvenes laicas Pilar, Olga y Octavia se habían ya encaminado por la vía de la caridad alimentando con la actividad apostólica su vida cristiana “ordinaria”. Cuando después eligieron pertenecer a la Cruz Roja, como enfermeras, aquí en Astorga, canalizaron sobre este camino su vocación laical hasta llegar al martirio, o sea al supremo testimonio de amor a Cristo.

    Jesús nos tranquiliza ciertamente cuando dice que ningún pajarillo caerá a tierra sin quererlo él, y nos recuerda la providencia del Padre (cf. Mt 10, 29). Sin embargo, los pajarillos caen y esto nos indica que no se puede ser discípulos de Jesús evitando la lucha, tal vez suscribiendo pólizas de seguro de vida. Queridos hermanos, vuestro Obispo, al que dirijo mi saludo fraterno y nuestro cordial afecto, en la Carta Pastoral que ha escrito como preparación a este día, ha recordado que no existe una vida cristiana indolora y ha añadido que la posibilidad del martirio está siempre presente en la vida de los cristianos (cf. Carta Pastoral, p. 3, 7). Así fue para nuestras beatas.

    «No tengáis miedo de aquellos que matan el cuerpo», hemos escuchado. Pilar, Olga y Octavia entendieron bien esta palabra del Señor. De hecho, se comprometieron a curar el cuerpo de los enfermos y heridos, dedicándose a aliviar los sufrimientos y a levantar los ánimos, y esto porque el “cuerpo” tiene una dignidad incalculable. Para nosotros los creyentes «el cuerpo del hombre participa de la dignidad de “imagen de Dios”», como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 364). «Nuestros cuerpos esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa», decía hace diez años Benedicto XVI [Dieciseis]. Pretendía así conjugar la teología del cuerpo con aquella del amor, y añadía: «Dios asumió el cuerpo, se reveló en él. El movimiento del cuerpo hacia lo alto se integra aquí en otro movimiento más originario, el movimiento humilde de Dios que se abaja hacia el cuerpo, para después elevarlo hacia sí» (Discurso del 13 de mayo de 2011).

    A curar el cuerpo debilitado y sufriente se dedicaron, pues, las beatas Pilar, Olga y Octavia, de modo que, también en el peligro que se presentó, no quisieron abandonar a los heridos, sino que continuaron asistiéndolos poniendo en riesgo la propia vida.

    Por su ferviente caridad, cuando sus cuerpos fueron amenazados, no se paralizaron por el temor, sino que ardiendo en el fuego de la caridad sufrieron torturas y humillaciones. Todo lo soportaron con fortaleza sobrenatural; se dispusieron a sufrir la muerte con espíritu de fe.

    «Lo que hace a los mártires –sentencia San Agustín–  no es el suplicio, sino la causa» (Enarr. in Psalmos XXXIV, 2, 13: PL 36, 340). Con amargura añadía que «muchos por una buena causa llevan a cabo persecuciones, y muchos la sufren por una mala causa».

    Estas beatas, en cambio, murieron aclamando a Cristo Rey y es esta profesión de fe lo que las hace mártires.

 

Marcello Card. Semeraro

Praefectus

 

 

Versione in italiano

 

 

    Siamo qui riuniti per lodare il Signore, il quale rivela nei deboli la sua potenza e dona agli inermi la forza del martirio (cf. Prefazio dei Santi Martiri). Deboli, lo siamo tutti noi. Però, abbiamo appena ascoltato la parola del Signore: Non temete, non abbiate paura! Per tre volte Gesù lo dice ai suoi discepoli e lo ripete anche a noi, perché sa che abbiamo davvero bisogno di sentircelo ripetere. Deboli, lo erano anche le tre nostre sorelle. Eppure, da oggi la Chiesa le onora ufficialmente come martiri di Cristo: hanno, infatti, ricevuto la corona della vita, promessa dal Signore a quanti lo amano (cf. Gc 1,12).

    Non temete. La paura è una emozione sempre possibile in noi. Si manifesta, a volte, con le nostre scelte; altre volte è collegata alle nostre non-scelte. La nostra, comunque, è una società segnata dalla paura. Un noto sociologo (Z. Bauman) l’ha chiamata «liquida», perché ci invade quanto più cerchiamo di tutelarcene e tanto più prospera quanto più della «sicurezza» facciamo un criterio di vita. Il vero problema per noi è quando la paura determina le nostre scelte, o magari ci fa recedere dalle nostre convinzioni; quando ci blocca nelle nostre relazioni con gli altri e anche con Dio.

    Citando la parola del Signore: «Non temete coloro che uccidono il corpo, ma non hanno potere di uccidere l'anima», sant’Agostino affermava che gli apostoli, per non irrigidirsi nel timore, ardevano del fuoco della carità (De Civ. Dei XVIII, 50: PL 41, 612). Ecco, dunque, la via per vincere la paura: la carità! È la via che hanno percorso i martiri ed è la via che sempre è aperta per noi. Non soltanto nelle situazioni drammatiche, ma anche in quelle più ordinarie; non soltanto per quelle paure che possono derivarci dalle minacce degli uomini, ma anche per quelle che sono collegate alla nostra condizione umana e alle emergenze che accadono nella vita.

    Non c’è dubbio, ad esempio, che una situazione di paura è determinata in questo tempo anche dalla pandemia di cui stiamo soffrendo e da cui speriamo presto di uscire. Al riguardo, fin dal principio il Papa ci ha indicato la via da percorrere e questa è ancora la carità. «Il nostro Dio è vicino – ha detto – e chiede a noi di essere vicini, l’uno all’altro, di non allontanarci tra noi. E in questo momento di crisi per la pandemia che stiamo vivendo, questa vicinanza ci chiede di manifestarla di più, di farla vedere di più. Noi non possiamo, forse, avvicinarci fisicamente per la paura del contagio, ma possiamo risvegliare in noi un atteggiamento di vicinanza tra noi: con la preghiera, con l’aiuto, tanti modi di vicinanza. E perché noi dobbiamo essere vicini l’uno all’altro? Perché il nostro Dio è vicino, ha voluto accompagnarci nella vita. È il Dio della prossimità. Per questo, noi non siamo persone isolate: siamo prossimi, perché l’eredità che abbiamo ricevuto dal Signore è la prossimità, cioè il gesto della vicinanza» (Omelia in Santa Marta del 18 marzo 2020).

    Per non irrigidirsi nel timore, ardevano del fuoco della carità anche le nostre tre Beate. Le tre giovani laiche Pilar, Olga e Octavia si erano già incamminate sulla via della carità alimentando con l’attività apostolica la loro vita cristiana «ordinaria». Quando poi scelsero di appartenere come infermiere alla Croce Rossa qui ad Astorga, convogliarono su questa strada la loro vocazione laicale fino a giungere al martirio, ossia alla suprema testimonianza di amore per Cristo.

    Gesù, certo, ci rassicura quando, dicendo che nessun passerotto cadrà a terra senza il suo volere, ci ricorda la provvidenza del Padre (cf. Mt 10,29). Eppure i passerotti cadono e questo ci dice che non si può essere discepoli di Gesù evitando la conflittualità, magari stipulando polizze di assicurazione sulla vita. Il vostro Vescovo, carissimi, cui va il mio fraterno saluto e il nostro cordiale affetto, nella lettera pastorale che ha scritto in preparazione di questo giorno ha ricordato che non esiste una vita cristiana indolore ed ha aggiunto che la posibilidad del martirio está siempre presente en la vida de los cristianos (cf. Carta Pastoral, p. 3. 7). Così è stato per le nostre Beate.

    «Non abbiate paura di quelli che uccidono il corpo», abbiamo ascoltato. Pilar, Olga e Octavia l’intesero bene, questa parola del Signore. Alla cura del corpo degli infermi e dei feriti, infatti, si dedicarono impegnandosi ad alleviarne le sofferenze e a sollevarne gli animi e questo perché il «corpo» ha la sua dignità inenarrabile. Per noi credenti, «il corpo dell’uomo partecipa alla dignità di “immagine di Dio”», come ci ricorda il Catechismo della Chiesa Cattolica (n. 364). «I nostri corpi nascondono un mistero. In essi lo spirito si manifesta e opera», disse dieci anni fa Benedetto XVI. Intendeva così coniugare la teologia del corpo con quella dell’amore ed aggiunse: «Dio ha assunto il corpo, si è rivelato in esso. Il movimento del corpo verso l’alto viene qui integrato in un altro movimento più originario, il movimento umile di Dio che si abbassa verso il corpo, per poi elevarlo verso di sé» (Discorso del 13 maggio 2011).

    Alla cura del corpo debilitato e sofferente, dunque, le beate Pilar, Olga e Octavia dedicarono se stesse, sicché, anche nel pericolo fattosi presente, non vollero abbandonare i feriti, ma continuarono ad assisterli mettendo a rischio la propria stessa vita. Per questa loro fervente carità, quando il loro corpo fu minacciato non s’irrigidirono nel timore ma ardenti del fuoco della carità subirono torture e umiliazioni. Tutto sopportarono con fortezza soprannaturale; si disposero a subire la morte in spirito di fede. «Ciò che fa i martiri – sentenzia sant’Agostino – non è il supplizio, ma la causa» (Enarr. in Psalmos XXXIV, 2, 13: PL 36, 340). Amaramente poi soggiungeva che «molti per una buona causa compiono persecuzioni, e molti ne subiscono per una cattiva causa». Queste Beate, tuttavia, sono morte acclamando a Cristo Re ed è questa professione di fede che le ha rese martiri.

 

 

LE PAROLE DEL SANTO PADRE

 

    Cari fratelli e sorelle!

    Ieri ad Astorga, in Spagna, sono state beatificate María Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco e Olga Pérez-Monteserín Núñez.

    Queste tre donne laiche coraggiose, a imitazione del buon Samaritano, si sono dedicate a curare i feriti di guerra senza abbandonarli nel momento del pericolo, hanno rischiato, e sono state uccise in odio alla loro fede.

    Lodiamo il Signore per la loro testimonianza evangelica. Un applauso alle nuove Beate!

 

CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM

 

ASTURICENSIS

Beatificationis seu Declarationis Martyrii

 

Servarum Dei

MARIAE A COLUMNA GULLON YTURRIAGA ET II SOCIARUM

Christifidelium Laicarum

(† 1936)

 

DECRETUM SUPER MARTYRIO

__________________________

 

    «Se qualcuno vuole venire dietro a me, rinneghi se stesso, prenda la sua croce ogni giorno e mi segua. Chi vuol salvare la propria vita, la perderà, ma chi perderà la propria vita per causa mia, la salverà» (Lc 9, 23-24).

 

    L’esortazione del Signore risuona nella vita e nella morte delle tre Serve di Dio Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco e Olga Pérez-Monteserín N nataste ParisMartiincorum Dei Mariae a Columna Gullúñez. Queste testimoni della fede si aggiungono alla gloriosa schiera di martiri che versarono il sangue durante la guerra civile spagnola (1936-1939).

    La Serva di Dio Pilar Gullón Yturriaga nacque a Madrid il 29 maggio 1911, in una famiglia molto religiosa. Il 28 giugno fu battezzata nella parrocchia di San Ginés; ricevette la Prima Comunione nel collegio Blanca de Castilla di Madrid. Primogenita di quattro fratelli, era nubile e si dedicò all’assistenza dei suoi genitori, in particolare del padre malato. L’esperienza di fede, già vissuta in casa, favorì la sua vita spirituale e il suo impegno nella Chiesa. Il 16 luglio 1936 la famiglia si trasferì ad Astorga, di dove era oriunda, e dove godeva di prestigio e rispetto morale.

    Cugina di secondo grado di Pilar, la Serva di Dio Octavia Iglesias Blanco nacque il 30 novembre 1894 ad Astorga (León) e fu battezzata il 9 dicembre nella parrocchia di San Julián. Anche lei crebbe in una famiglia caratterizzata da una grande religiosità, che curò l’impegno nelle virtù e nelle opere apostoliche, tra cui la fondazione del convento delle Monache Redentoriste ad Astorga, dove era religiosa una sua sorella. La Serva di Dio si occupava di assistere prima suo padre anziano e ammalato, e poi sua madre vedova; apparteneva all’Azione Cattolica e alle associazioni delle Figlie di Maria e del Sacro Cuore; profondamente devota, era anche insegnante di  religione cristiana. 

    La Serva di Dio Olga Pérez-Monteserín Núñez nacque a Parigi il 16 marzo 1913 da genitori di origine spagnola, che rientrarono ad Astorga nel 1920. Olga, seconda di tre fratelli, ricevette il battesimo il 5 luglio nella chiesa di San Francesco Saverio. Nubile, si dedicava alla vita di famiglia e ai lavori artistici, in particolare all’arte della pittura, grazie al dono ereditato dal padre, pittore di rilievo.

    Il martirio è dono dello Spirito. In modo particolare si compie dopo un percorso ricco di virtù. Queste Serve di Dio costituiscono un fulgido esempio di esercizio delle virtù cristiane, specialmente di quelle laicali, al punto che il martirio giunse a coronarne l’esistenza. Esse, infatti, al momento della loro uccisione avevano condotto una vita di servizio e di lavoro pastorale, distinguendosi per la vita di preghiera, la generosità, la semplicità e la coerenza. Tutte e tre ricevettero la formazione infermieristica presso la Croce Rossa ad Astorga, organizzata nel mese di settembre di 1936, subito dopo l’inizio della guerra, per assistere i feriti, senza distinzione di ideologie, come volontarie ausiliarie. Questa partecipazione al corso di Damas auxiliares fu manifestazione della loro vita di pietà e apostolato, ma anche umanitaria. Pur non designata tra le prime volontarie, Octavia, consapevole del pericolo, si offrì di partire al posto di Berta, sorella di Olga, onde evitare che la famiglia potesse perdere due membri nello stesso tempo.

    In mezzo ad un ambiente antireligioso molto duro - i sacerdoti furono perseguitati, le immagine sacre bruciate, la chiesa convertita in un stalla e il Crocifisso buttato nel fiume - l’8 ottobre 1936 le Serve di Dio raggiunsero l’ospedale di Puerto de Somiedo (Pola de Somiedo-Asturias) e, dopo aver concluso otto giorni di servizio, vollero continuarlo considerando l’emergenza della situazione. All’alba del martedì 27 ottobre, l’esercito repubblicano sferrò un attacco contro il piccolo ospedale. Pur avendo la possibilità di fuggire, Pilar, Octavia e Olga rinunciarono a tentare la fuga e decisero di non abbandonare i feriti, ma di continuare ad assisterli, mettendo però in pericolo la propria vita; tuttavia i feriti furono uccisi sul posto, e il personale sanitario venne catturato.

    Difatti, le Serve di Dio furono prese e condotte dopo una lunga camminata a Pola de Somiedo insieme a molti altri prigionieri, tra cui il comandante, il cappellano e il medico, che furono assassinati. Sebbene appartenessero alla Croce Rossa, furono consegnate al comitato locale di guerra e quindi ai miliziani che, per tutta la notte, sottoposero le Serve di Dio a vessazioni e abusi, ordinando loro di rinnegare la fede in cambio della libertà; ma il loro netto rifiuto accresceva la crudeltà delle violenze da parte dei miliziani.

    Nonostante la tortura e le umiliazioni, le Serve di Dio tutto sopportarono con fortezza soprannaturale e si prepararono alla morte con spirito di fede e intensificando la loro preghiera: spogliate di tutto e condotte in un prato, a mezzogiorno del giorno 28 vennero fucilate, mentre acclamavano a Cristo Re, da tre donne miliziane, che poi si distribuirono tra loro i vestiti delle Serve di Dio. I loro corpi furono trattati in modo ignominioso e abbandonati fino alla sera, quando vennero sepolti, in una fossa comune, scavata da alcuni uomini del paese, costretti dai miliziani.

    La fama del martirio delle Serve di Dio si diffuse subito nella comunità ecclesiale, di modo tale che il 30 gennaio 1938 le loro spoglie, memoria visibile della loro donazione, furono accolte, come segno del grande valore che il loro sacrificio ebbe nella Chiesa, nella cattedrale di Astorga, centro della vita diocesana. Il 28 giugno 1948, su richiesta dell’Assemblea Nazionale della Croce Rossa, furono traslate ad un nuovo mausoleo nella cappella di San Giovanni Battista in cattedrale.

    Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco e Olga Pérez Monteserín-Núñez sono passate alla storia dell’agiografia della Chiesa Cattolica come tre esemplari testimoni di fedeltà totale e suprema alla fede cristiana e della carità che manifesta il proprio amore a Cristo, preferendo perdere la vita terrena anziché negarlo: un esempio luminoso per la comunità cristiana e per il mondo intero. Pilar, Octavia e Olga offrirono coraggiosamente la loro vita a Dio e ai fratelli: a Dio, acclamando con santa fortezza a Cristo Re; ai fratelli, esercitando la sublime virtù della carità verso tutti. In questo modo, la carità, secondo le esigenze del radicalismo evangelico, portò le Serve di Dio alla testimonianza suprema del martirio (cf. Veritatis splendor, 89).

    Super martyrium Servarum Dei a die 24 mensis Martii anno 2006 ad diem 15 mensis Martii anno 2007 iuxta Curiam ecclesiasticam Asturicensem celebrata est Inquisitio dioecesana, cuius iuridica validitas ab hac Congregatione de Causis Sanctorum per decretum diei 4 mensis Iunii anno 2009 est approbata. Exarata Positione, die 23 mensis Octobris anno 2018 Congressus Peculiaris Consultorum Theologorum, positivo cum exitu, habitus est. Patres Cardinales et Episcopi Ordinaria in Sessione se congregaverunt die 4 mensis Iunii anno 2019, me Angelo Cardinale Becciu praesidente, et Servas Dei agnoverunt ob fidem suam in Christum et in Ecclesiam interfectas esse.

    Facta demum de hisce omnibus rebus Summo Pontifici Francisco per subscriptum Cardinalem Praefectum accurata relatione, Sanctitas Sua, vota Congregationis de Causis Sanctorum excipiens rataque habens, hodierno die declaravit: Constare de martyrio eiusque causa Servarum Dei Mariae a Columna Gullón Yturriaga et II Sociarum, Christifìdelium Laicarum, in casu et ad effectum de quo agitur.

 

    Hoc autem decretum publici iuris fieri et in acta Congregationis de Causis Sanctorum Summus Pontifex referri mandavit.

 

    Datum Romae, die 11 mensis Iunii a. D. 2019.

 

 

Angelus Card. Becciu

Praefectus

 

                                                           + Marcellus Bartolucci

                                                            Archiep. tit. Mevaniensis

                                                          a Secretis